Cuando pensar en Dios nos abre a confiar en la Inteligencia Artificial
Imagina la siguiente escena: estás frente a tu computador, dudando entre seguir la recomendación de un asesor humano o la sugerencia que aparece en la pantalla de un software de inteligencia artificial. En un instante de recogimiento, piensas en Dios, en tu pequeñez, en lo inmenso del universo y en lo limitado de tu propio criterio.
Curiosamente, esa breve reflexión cambia la disposición con la que miras el consejo de la máquina. ¿Exagerado? No tanto. La ciencia acaba de demostrar que la fe puede suavizar la resistencia frente a la IA.
La evidencia científica
Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) en 2023, liderado por Mustafa Karataş y Keisha M. Cutright, lo confirma con datos sólidos: cuando las personas piensan activamente en Dios, son menos adversas a aceptar sugerencias provenientes de inteligencia artificial, en comparación con las que vienen de un ser humano.
Los investigadores realizaron ocho experimentos preregistrados con más de 2.400 participantes, probando distintos escenarios: desde elegir qué comida pedir hasta recibir un consejo financiero o médico. Los resultados fueron consistentes: al traer a la mente a Dios, los participantes redujeron su dependencia de lo humano y se mostraron más dispuestos a aceptar las recomendaciones algorítmicas (PNAS, 2023).
El hallazgo se replicó en un estudio con 53.563 personas en 21 países que interactuaron con robo-asesores financieros: los más religiosos confiaban más en la IA que quienes no lo eran (PubMed, 2023).
La clave no está en una supuesta “confusión” entre lo divino y lo tecnológico. El mecanismo es más profundo: pensar en Dios despierta humildad, conciencia de nuestra falibilidad, sensación de pequeñez frente al misterio. Y esa apertura interior facilita confiar en una inteligencia que no es humana.
Una ventana a la reflexión pastoral
Aquí se abre una ventana pastoral y filosófica. ¿Qué significa que la fe en Dios nos haga más receptivos a la IA?
La respuesta no es que estemos reemplazando a Dios con algoritmos. Más bien, se trata de que la espiritualidad nos recuerda nuestros límites. El creyente humilde no necesita demostrar que lo sabe todo, ni cerrarse a nuevas herramientas. Esa disposición permite que la IA entre en escena como un apoyo, no como un rival.
La fe, entendida así, no paraliza la innovación: la humaniza. Nos invita a mirar la tecnología no como una amenaza, sino como una herramienta que debe ser discernida con prudencia.
Un riesgo evidente: la confianza ciega
Por supuesto, aquí asoma un peligro. Que la fe abra a la IA no significa que debamos aceptar todo lo que esta nos proponga sin cuestionamiento. Como advierten los mismos investigadores, la preferencia por el consejo humano sigue existiendo, solo que se atenúa. La confianza espiritual no puede convertirse en ingenuidad tecnológica.
El creyente que usa IA con conciencia sabe que cada recomendación necesita ser discernida, contrastada y situada en la vida real. La fe no sustituye la responsabilidad ética; al contrario, la exige con mayor fuerza.
Aplicaciones prácticas
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En la vida personal: recordar a Dios antes de usar la IA puede ayudarte a recibir con calma sus aportes, pero también a evaluar con prudencia lo que conviene o no.
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En comunidades de fe: la IA puede ser un recurso educativo o pastoral, pero nunca sustituir el encuentro humano, la comunidad viva ni la espiritualidad encarnada.
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En el trabajo y los negocios: la humildad que despierta la fe puede llevar a usar la IA como aliada, no como enemiga, pero también a pedir transparencia y ética en sus aplicaciones.
Conclusión: humildad frente al misterio
El estudio nos recuerda algo profundo: la fe y la tecnología no están en guerra, pueden dialogar en un mismo corazón. Pensar en Dios despierta humildad, y la humildad abre puertas: a escuchar mejor al otro, a confiar, incluso a considerar lo que una máquina puede sugerir.
Pero la fe también nos enseña a discernir. La inteligencia artificial puede proponer, calcular, recomendar… pero el alma humana es la que decide, guiada por la sabiduría del corazón.
En tiempos donde la IA avanza con rapidez, la espiritualidad puede ser la brújula que nos enseña a usar la técnica sin perder la humanidad. Con ternura, con humildad, con confianza… y siempre con la mirada puesta en lo divino que nos recuerda quiénes somos.
Fuentes:
https://www.pnas.org/doi/pdf/10.1073/pnas.2218961120